Hoy estuve realmente más al pedo que de costumbre y decidí salir. Lluvía, frío, humedad, una combinación peligrosa para los pobres caminantes. Una suave llovizna fue suficiente para hacerme temblar al cabo de sólo dos cuadras. Cruzando Blanco Encalada, a mitad de cuadra, un hombre comenzó a hacerme señas, miré hacía atrás, pero era a mí a quien estaba llamando. Seguí caminando en la misma dirección hasta que me acerqué lo suficiente.
Pibe, ¿cómo va? ¿Me hacés un favor? No me comprás puchos acá en frente. No tengo llavés y si cierro la puerta no voy a poder entrar.
No tengo tiempo.
¡Dale, es un segundo! No doy más, necesito un pucho ya.
Bueno dale, ¿qué te compro?
Comprame dos atados de diez.
¿No preferís uno solo de veinte?
No, dos de diez, más cómodo.
¿De qué marca?
Philips.
Ok.
Fui al almacen que estaba justo enfrente mientras el hombre mantenía la puerta abierta.
Me da dos Philips Morris de diez.
¿Dos de diez o uno de veinte?
Dos de diez. No sé, no son para mí. Así me dijeron. (Detesto cuando me mandan a comprar cosas que yo no consumo, como cuando tu novia te pide que le compres toallitas o tampones, es lo peor)
Ah ok. El almacenero miró extrañado.
Cruce la calle nuevamente. El hombre estaba casi desesperado, tomó bruscamente un atado, sacó un cigarrillo y lo prendió.
¡Gracias! Me salvaste. Este edificio es un quilombo, la semana pasada eché a Castelli, el Administrador, y me estoy haciendo cargo de todo. Aunque no parezca, estos nueve pisos, te traen muchos problemas.
Claro.
Encima hay cada personaje. ¿Vos vivís en edificio?
Sí.
¿Cuánto pisos?
Y... son, quince.
¿Y departamentos por piso?
Seis.
O sea noventa (una calculadora el flaco). Eso si debe ser un problemón.
Sí, qué sé yo.
Mientras hablaba succionaba su cigarrillo cuan sorbete cualunque y al mismo tiempo yo sostenía el otro atado y el vuelto. En innumerables ocasiones amagué a dárselo pero me seguía hablando, me esquivaba. Si hubiese comprado uno de veinte no estaría teniendo este problema.
¡Bueno me tengo que ir!
La más rompe bolas acá es la vieja, vieja chota, nadie sabe la edad, pero la guacha está barbara, barbara para su edad, camina de lo lindo pero usa bastón, esas cosas de vieja, viste. Me rompe los huevos. Y tiene cada saque, te da ganas de matarla.
Le di el otro atado de prepo y me despide.
Me tengo que ir, tengo un montón de cosas que hacer (fue la mentira más grande de mi vida).
De adentro del edificio se oyó la voz decrepita de una anciana "¡Gabriel, me puede ayudar por favor!"
Sin darme cuenta me quedé con el vuelto, el hombre ya se había ido. Tres con ciencuenta, algo es algo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario